Páginas ideales para amantes de la lectura y escritura

jueves, 28 de enero de 2016

¡Hola!

Llevo un tiempo publicando solo textos míos o de autores que me gustan, y siento que se ha reducido un poco la variedad, a partir de ahora publicaré un poco más de arte.

Pues ahora les traigo una entrada diferente, aquí hay páginas que me encantan y visito muy seguido, todas tienen algo que ver con la lectura o la escritura, así que creo que les interesará. ¡Empecemos!

Palabra de chile

Este es un blog creado por un español casado con una chilena, en su página comparte los malentendidos que frecuentemente tiene con su esposa a causa del diferente uso de palabras al provenir de dos países diferentes que, a pesar de hablar el mismo idioma, poseen palabras, dichos y modismos totalmente diferentes.

Es un lugar muy divertido e interesante en el cual pasar el rato, enseña las diferencias entre el habla española y chilena con experiencias personales, lo cual crea un ambiente ameno y educativo en el cual se pueden descubrir muchas peculiaridades del habla chilena.

Lo que más aprecio de este blog es que el autor se esfuerza en entregar su información, no se limita solamente a decir que esto se dice así en Chile y en España se dice de esta otra manera. Claro que no. Él hace toda una investigación previa para descubrir la raíz de por qué se dice así, dónde nació, etc.
Es gracioso porque hay palabras y dichos que pueden tener el origen que menos te puedes imaginar.
¡La palabra de Chile está llena de sorpresas!




Me gusta escribir

Me gusta escribir es una red social literaria en la cual puedes crearte una cuenta y publicar tus escritos, cuentan además con herramientas de autopublicación a través de la misma página.
Otra buena noticia para la gente que publica sus creaciones en esta página es que la editorial Penguin Random House está muy atenta a los nuevos autores de esta red social, prueba de ello es que ha publicado novelas que fueron descubiertas en Me gusta escribir.
Pero esas no son las principales razones por las que me encanta este sitio, es porque tienen una sección llamada recursos, en la cual escritores hacen entradas en las que dan consejos de escritura, publicación y mucho más.
Hay hasta pautas en las que te dicen cómo crear un buen personaje, un buen cuento, un mundo interesante para tu historia, escribir una novela en un año, en fin, hay muchos consejos y material realmente útil para todo aquel que goce de escribir, te puedes pasar horas leyendo los artículos.




Angy Magic


Es un humilde blog de una chica que se hace llamar Angy, ella en su blog publica sus escritos, recomendaciones de series, películas, etc. Y mi sección favorita: El cajón del escritor.










Aquí está la descripción de todas las secciones del blog escrita por la misma Angy:

  • Historias: Cada cierto tiempo comparto relatos, en su mayoría románticos, también hay microrrelatos de terror y poco a poco voy explorando diferentes estilos, temáticas... ya que me encanta explorar los diferentes elementos, probar nuevas técnicas, evolucionar como escritora.
Además allí dejaré el índice de una blog-novela que pretendo subir tanto aquí como en Wattpad que se llama: El precio de poder volar.

  • Poemas:  Reconozco no ser una gran poeta, ni en ningún momento he pretendido serlo. Pero a veces las palabras reclaman poemas, rimas de todas las clase y de todos los estilos... Y yo me dejo guiar por ellas.

  • El cajón del Escritor: En esta sección encontraréis mucho material interesante para escritores como lo puede ser: programas útiles para escribir o tips contra el bloqueo del escritor. También tenéis iniciativas interesantes para nuevos blogger... Y más cosas interesantes que vea necesario compartir.

  • Recomiendo: Esta sección la comencé en Enero del 2015... En mi búsqueda de comenzar algo diferente, también quise dar a conocer nuevas historias a las que habitualmente nos bombardean. Por ello en un principio recomiendo dramas(no sólo coreanos), películas asiáticas... Y en un futuro me encantaría poder expandir mis recomendaciones a más historias creadas a lo largo del mundo. También me encantaría recomendar blog-novelas, historias escritas en Wattpad...


Sin duda es un buen blog por el cual pasarse, se nota que Angy se esfuerza mucho con el blog, además de mantener la constancia de siempre publicar entradas, tiene mucho que ofrecer a sus lectores.



Microcuentos


Es una cuenta de twitter en la que cada día se publica un microcuento.



Bosque de invierno

Este es un blog literario en cual se reseñan libros, películas, se comparte música, etc. La verdad es que no soy muy fan de los blogs literarios, no es que no me gusten, simplemente creo que todos contienen básicamente lo mismo, todos estos blogs reseñan los mismo libros, hacen las mismas cosas, y bueno, hay que destacar también que los libros de moda no son de mi interés.

Pero este blog es diferente, los libros que aquí comparte son diferentes, contemporáneos, pero tampoco son aquellos que ves en todas partes, y me encanta el hecho de que le de oportunidad a la nueva literatura chilena, que está emergiendo con un estilo muy particular.

La autora de este blog se hace llamar Loba Roja y debo decir que tiene un excelente gusto en libros y películas, este es el blog que me anima a explorar cosas nuevas. ¡Sin duda, 100% recomendado!




Isla de los blogs



Este es un blog en el cual se reseñan otros blogs, es un muy buen lugar para encontrar cosas nuevas, muchas veces reseñan blogs literarios, así que sabía que iría a ser de su interés.
Lo que me gusta de este sitio es que tienen reseñas muy buenas, te hablan tanto del contenido, como del autor e incluso la apariencia de las páginas, las autoras se dan el trabajo de darle un espacio a blogs de todo tipo.
Tienen además todas las entradas resumidas en categorías, es cosa de buscar qué clase de blog quieres encontrar y te muestra todo lo que te interesa ¡Es genial!

Éstas son todas las categorías: Anime / Aventuras / Belleza / Biografías / Blog-novela / Cine, series y televisión / Cocina / Descargas / Escolar / Escritura / Famosos / Freebies / Moda / Música / Personal / Reseñas Literarias / Solidario / Videojuegos

Por supuesto, este no es solo un lugar para conocer, sino también para dar a conocer, puedes hacer que reseñen tu blog con solo llenar un formulario que se encuentra en la página. Pueden ir si quieren que su blog reciba una reseña. También yo rellené el formulario, así que prontamente aparecerá la reseña de mi blog.
http://www.laisladelosblogs.com/



La horca

La Horca es un lugar muy extraño y singular por el cual circular, en su dominio habla de literatura, cine, arte y muchas cosas curiosas e interesantes (además de poco ortodoxas) que juro vale la pena ver. No es solo su contenido, sino también la forma en la que lo comparte, los escritores de esta página tienen un humor negro y una redacción exquisita.
Comparten cosas fuera de lo común pero que serían capaces de interesar a cualquier persona por la ingeniosa manera de entregarlas a su público. Un sitio con mucha personalidad y cultura, no se arrepentirán de verlo.

Nos encargamos de recoger y generar distintas expresiones bajo el sello de una identidad no identificable que suele no tomarse muy en serio a sí misma y que se centra en los caprichos de sus propios administradores.





Literatura y Psicoanálisis

Esta es una página que dedica su tiempo y espacio a la difusión del psicoanálisis en su versión Freud-Lacan, la Filosofía, Las Letras universales, la Poesía, la Música en todos sus campos, La Pintura y el arte en general incluyendo el llamado septimo, el Cine.


Poema nostálgico, recordemos nuestra infancia

viernes, 22 de enero de 2016

Llegó la hora de otro escrito de la autora del blog, porque después de todo este es mi blog y podría decir que casi mi reflejo.
Bueno, el tema de entrar a la universidad me tiene bastante nostálgica con respecto a todo lo que tuve que vivir hasta ahora. He estado pensando mucho en mi niñez, a pesar de que no recuerdo casi nada de ella, extraño.
Este poema no es muy reciente pero creo que sigue reflejando lo que siento especialmente en este momento, espero les guste.

Dibujos en la ventana


Yo toqué el cielo en columpio,
Corrí ligera por el viento,
Creé sueños, pero no deseos,
Vi la noche en el mar
Y el mar en las estrellas.

Canté cuando quise,
Las notas que quise.
Volé en mi techo arrebol
Y dejé la ventana abierta
Por si venía Peter Pan.

Yo fui una jirafa,
Un saltamontes,
Un mono,
Un loro.
Pero fui humana,
Más humana que nunca.

Nadie me quitó nada,
Pues no había nada por quitar,
Pero tuve todo,
Todo lo que puedo desear.


Cuentos Inolvidables según Julio Cortázar - Parte 3

martes, 19 de enero de 2016

¡Hola! Seguimos con los cuentos inolvidables, y en esta ocasión nos encontramos con otro cuento muy misterioso y una biografía bastante interesante. Vemos aquí a Ambrose Bierce, un hombre aventurero con una muerte inexplicable ¡Genial! No se arrepentirán de leerlo, su vida se asemeja bastante a su estilo de escritura.


Ambrose Bierce (1842-¿1914?)

Cuentista y periodista estadounidense de obra aguda y satírica, llena de un humor trágico y temas violentos que giran alrededor de la muerte. Su literatura ejerció una fuerte influencia en la costa del Pacífico.
Nacido en el condado de Meigs, Ohio, Estados Unidos. Fue el décimo de trece hijos. Sus padres, granjeros de honda fe calvinista, les dieron a todos ellos nombres que empezaban con la letra "A".
En aquel ambiente puritano lleno de represiones y prejuicios, casi todos los hermanos adquirieron un carácter difícil y sinuoso. De este menoscabo no se libró Ambrose, en quien se fue fraguando hacia su propia familia un odio visceral.
Durante estos años de formación, otro de los hermanos, en rebelión contra aquel autoritarismo doméstico, se fugó de casa para acabar como actor y forzudo de feria, mientras que una hermana acabó sus días devorada por caníbales en África, a donde había huido para ejercer de misionera.
Todavía adolescente, Ambrose tuvo amoríos con una mujer de más de setenta años, a quien más tarde él mismo definiría como "culta y todavía atractiva".

Al comienzo de la Guerra Civil Estadounidense, Bierce se alistó en el 9º Regimiento de Voluntarios de Infantería de Indiana; combatió en muchas batallas y se distinguió particularmente en las que tuvieron lugar al oeste del país.
En 1866, presentada la dimisión, marchó a San Francisco, y empezó a colaborar en los periódicos de la costa del Pacífico Argonaut y News Letter, cuya dirección no tardó en asumir.

En 1871 se casó con la bella Mary Ellen Day, con la que tuvo tres hijos. Ese mismo año el Overland Monthly publicó su novela inicial The Haunted Valley.
Al cabo de poco se dirigió a Inglaterra; allí, por espacio de cuatro años, perteneció a la redacción londinense del Fun.
Vuelto a San Francisco en 1876, Ambrose Bierce reanudó la colaboración en los periódicos. 
A pesar de la fama y fortuna que persiguieron al escritor durante sus años de matrimonio, éstos no aportarían al escritor demasiados momentos felices: en 1888 se separó tras descubrir unas cartas comprometedoras de un admirador a su esposa. En 1904 obtuvo el divorcio.
Bierce sobrevivió a sus hijos varones: uno fallecería en una pelea, y alcoholizado el otro. Él mismo estuvo enfermo toda su vida, a consecuencia del asma y de las secuelas de sus heridas de guerra.

En octubre de 1913, Bierce partió de Washington D. C. para recorrer los antiguos campos de batalla de la Guerra Civil. En diciembre cruzó a México y poco después se le perdió el rastro.
Antes de partir a México, en una carta fechada el 1 de octubre de 1913, escribió a una de sus familiares en Washington: «Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!».
En la Enciclopedia Británica supone que pudo ser asesinado en el sitio de Ojinaga (enero de 1914), pues un documento de la época consigna la muerte en esta batalla de «un gringo viejo». La fecha generalmente aceptada de su muerte es 1914.
La tradición oral de la villa de Sierra Mojada, documentada por el sacerdote Jaime Lienert, atestigua que Bierce fue ejecutado por fusilamiento en el cementerio del pueblo.

Aunque desde entonces se han lanzado muchas teorías, el misterio permanece.

El puente sobre el río del Búho 

Ambrose Bierce

I
Desde un puente de ferrocarril, en el norte de Alabama, un hombre miraba correr rápidamente el agua veinte pies más abajo. El hombre tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda; otra cuerda, anudada al cuello y amarrada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes que soportaban los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus ejecutores —dos soldados rasos del ejército federal bajo órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido subcomisario. No lejos de ellos, en la misma plataforma improvisada, estaba un oficial del ejército llevando las insignias de su grado. Era un capitán. En cada extremo había un centinela presentando armas, o sea con el caño del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, posición poco natural que obliga al cuerpo a mantenerse erguido. A estos dos hombres no parecía concernirles lo que ocurría en medio del puente. Se limitaban a bloquear los extremos de la plataforma de madera.
Delante de uno de los centinelas no había nada a la vista; la vía férrea se internaba en un bosque a un centenar de yardas; después, trazando una curva, desaparecía. Un poco más lejos, sin duda, estaba un puesto de avanzada. En la orilla, un campo abierto subía en suave pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con troneras para los fusiles y una sola abertura por la cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A media distancia de la colina entre el puente y el fortín estaban los espectadores: una compañía de soldados de infantería, en posición de descanso, es decir con la culata de los fusiles en el suelo, el caño ligeramente inclinado hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. A la derecha de la línea de soldados estaba un teniente, con la punta del sable tocando tierra, la mano derecha encima de la izquierda. Excepto los tres ejecutores y el condenado en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, frente al puente, miraba fijamente, hierática. Los centinelas, frente a las márgenes del río, podían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán, con los brazos cruzados, silencioso, observaba el trabajo de sus subordinados sin hacer el menor gesto. Cuando la muerte anuncia su llegada, debe ser recibida con ceremoniosas muestras de respeto, hasta por los más familiarizados con ella. Para este dignatario, según el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son formas de la cortesía.
El hombre que se preparaban a ahorcar podría tener treinta y cinco años. Era un civil, a juzgar por su ropa de plantador. Tenía hermosos rasgos: nariz recta, boca firme, frente amplia, melena negra y ondulada peinada hacia atrás, cayéndole desde las orejas hasta el cuello de su bien cortada levita. Usaba bigote y barba en punta, pero no patillas; sus grandes ojos de color gris oscuro tenían una expresión bondadosa que no hubiéramos esperado encontrar en un hombre con la soga al cuello. Evidentemente, no era un vulgar asesino. El liberal código del ejército prevé la pena de la horca para toda clase de personas, sin excluir a las personas decentes.
Terminados sus preparativos, los dos soldados dieron un paso hacia los lados, y cada uno retiró la tabla de madera sobre la cual había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, saludó, y se colocó inmediatamente detrás del oficial. El oficial, a su vez, se corrió un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento en los dos extremos de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se hallaba el civil alcanzaba casi, pero no del todo, un cuarto durmiente.
La tabla había sido mantenida en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su jefe, el sargento daría un paso al costado, se balancearía la tabla, y el condenado habría de caer entre dos durmientes. Consideró que la combinación se recomendaba por su simplicidad y eficacia. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Examinó por un momento su vacilante punto de apoyo y dejó vagar la mirada por el agua que iba y venía bajo sus pies en furiosos remolinos. Un pedazo de madera que bailaba en la superficie retuvo su atención y lo siguió con los ojos. Apenas parecía avanzar. ¡Qué corriente perezosa!
Cerró los ojos para concentrar sus últimos pensamientos en su mujer y en sus hijos. El agua dorada por el sol naciente, la niebla que pesaba sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, el pedazo de madera que flotaba, todo eso lo había distraído. Y ahora tenía conciencia de una nueva causa de distracción. Borrando el pensamiento de los seres queridos, escuchaba un ruido que no podía ignorar ni comprender, un golpe seco, metálico, que sonaba claramente como los martillazos de un
herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser aquel ruido, si venía de muy cerca o de una distancia incalculable —ambas hipótesis eran posibles—. Se reproducía a intervalos regulares pero tan lentamente como las campanas que doblan a muerte. Aguardaba cada llamado con impaciencia y, sin saber por qué, con aprensión. Los silencios se hacían progresivamente más largos; los retardos, enloquecedores. Menos frecuentes eran los sonidos, más aumentaba su fuerza y nitidez, hiriendo sus oídos como si le asestaran cuchilladas. Tuvo miedo de gritar… Lo que oía era el tic-tac de su reloj.
Abrió los ojos y de nuevo oyó correr el agua bajo sus pies. «Si lograra libertar mis manos —pensó— llegaría a desprenderme del nudo corredizo y saltar al río; zambulléndome, podría eludir las balas; nadando vigorosamente, alcanzar la orilla; después internarme en el bosque, huir hasta mi casa. A Dios gracias, todavía está fuera de sus líneas; mi mujer y mis hijos todavía están fuera del alcance del puesto más avanzado de los invasores».
Mientras se sucedían estos pensamientos, aquí anotados en frases, que más que provenir del condenado parecían proyectarse como relámpagos en su cerebro, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El sargento dio un paso al costado.



II
Peyton Farquhar, plantador de fortuna, pertenecía a una vieja y respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, se ocupaba de política, como todos los de su casta; fue, desde luego, uno de los primeros secesionistas y se consagró con ardor a la causa de los Estados del Sud. Imperiosas circunstancias, que no es el caso relatar aquí, impidieron que se uniera al valiente ejército cuyas desastrosas campañas terminaron por la caída de Corinth, y se irritaba de esta sujeción sin gloria, anhelando dar rienda libre a sus energías, conocer la vida más intensa del soldado, encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba seguro de que esa ocasión llegaría para él, como llega para todo el mundo en tiempos de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ningún servicio le parecía demasiado humilde para la causa del Sud, ninguna aventura demasiado peligrosa si era compatible con el carácter de un civil que tiene alma de soldado y que con toda buena fe y sin demasiados escrúpulos admite en buena parte este refrán francamente innoble: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.
Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada de su parque, un soldado de uniforme gris detuvo su caballo en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar no deseaba otra cosa que servirlo con sus blancas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su marido se acercó al jinete cubierto de polvo y le pidió con avidez noticias del frente.
—Los yanquis están reparando las vías férreas —dijo el hombre
— porque se preparan para una nueva avanzada. Han alcanzado el puente del Búho, lo han arreglado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden que se ha fijado en carteles en todas partes, el comandante ha dispuesto que cualquier civil a quien se sorprenda dañando las vías férreas, los túneles o los trenes, deberá ser ahorcado sin juicio previo. Yo he visto la orden.
—¿A qué distancia queda de aquí el puente del Búho? —preguntó Farquhar.
—A unas treinta millas.
—¿No hay ninguna tropa de este lado del río?
—Un solo piquete de avanzada a media milla, sobre la vía férrea, y un solo centinela de este lado del puente.
—Suponiendo que un hombre —un civil, aficionado a la horca— esquive el piquete de avanzada y logre engañar al centinela —dijo el plantador sonriendo —, ¿qué podría hacer?
El soldado reflexionó.
—Estuve allí hace un mes. La creciente del último invierno ha acumulado gran cantidad de troncos contra el muelle, de este lado del puente. Ahora esos troncos están secos y arderían como estopa.
En ese momento la dueña de casa trajo el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias ceremoniosamente, saludó al marido, y se alejó con su caballo. Una hora después, caída la noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al Norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.


III
Cuando cayó al agua desde el puente, Peyton Farquhar perdió conciencia como si estuviera muerto. De aquel estado le pareció salir siglos después por el sufrimiento de una presión violenta en la garganta, seguido de una sensación de ahogo. Dolores atroces, fulgurantes, atravesaban todas las fibras de su cuerpo de la cabeza a los pies. Se hubiera dicho que recorrían las líneas bien determinadas de su sistema nervioso y latían a un ritmo increíblemente rápido. Tenía la impresión de que un torrente de fuego atravesaba su cuerpo. Su cabeza congestionada estaba a punto de estallar. Estas sensaciones excluían todo pensamiento, borraban lo que había de intelectual en él: sólo le quedaba la facultad de sentir, y sentir era una tortura. Pero se daba cuenta de que se movía; rodeado de un halo luminoso del cual no era más que el corazón ardiente, se balanceaba como un vasto péndulo según arcos de oscilaciones inimaginables. Después, de un solo golpe, terriblemente brusco, la luz que lo rodeaba subió hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido atroz en sus oídos, y todo fue tinieblas y frío.
Habiendo recuperado la facultad de pensar, supo que la cuerda se había roto y que acababa de caer al río. Ya no aumentaba la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su cuello, a la par que lo sofocaba, impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le pareció absurda. Abrió los ojos en las tinieblas y vio una luz encima de él, ¡pero de tal modo lejana, de tal modo inaccesible! Se hundía siempre, porque la luz disminuía cada vez más hasta convertirse en un pálido resplandor. Después aumentó de intensidad y comprendió de mala gana que remontaba a la superficie, porque ahora estaba muy cómodo. «Ser ahorcado y ahogado — pensó—, ya no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo».


Aunque inconsciente del esfuerzo, un agudo dolor en las muñecas le indicó que trataba de zafarse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como un espectador ocioso podría mirar la hazaña de un malabarista sin interesarse en el resultado. Qué magnifico esfuerzo. Qué espléndida, sobrehumana energía. Ah, era una tentativa admirable. ¡Bravo! Cayó la cuerda: sus brazos se apartaron y flotaron hasta la superficie. Pudo distinguir vagamente sus manos de cada lado, en la luz creciente. Con nuevo interés las vio aferrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la arrojaron lejos, con furor, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. «¡Ponedla de nuevo, ponedla de nuevo!». Le pareció gritar estas palabras a sus manos porque después de haber deshecho el nudo tuvo el dolor más atroz que había sentido hasta entonces. El cuello lo hacía sufrir terriblemente; su cerebro ardía; su corazón, que palpitaba apenas, estalló de pronto como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia intolerable torturó y retorció su cuerpo entero. Pero sus manos desobedientes no hicieron caso de la orden. Golpeaban el agua con vigor, en rápidas brazadas, de arriba abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. La claridad del sol lo encegueció; su pecho se dilató convulsivamente. Después, dolor supremo y culminante, sus pulmones tragaron una gran bocanada de aire que inmediatamente exhalaron en un grito.
Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos; eran, en verdad, sobrenaturalmente vivos y sutiles. La perturbación atroz de su organismo los había de tal modo exaltado y refinado que registraban cosas nunca percibidas hasta entonces. Sentía los cabrilleos del agua sobre su rostro, escuchaba el ruido que hacía cada olita al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y distinguía cada árbol, cada hoja con todas sus nervaduras, y hasta los insectos que alojaba: langostas, moscas de cuerpo luminoso, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Observó los colores del prisma en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El bordoneo de los moscardones que bailaban sobre los remolinos, el batir de alas de las libélulas, las zancadas de las arañas acuáticas como remos que levantan un bote, todo eso era para él una música perfectamente audible. Un pez resbaló bajo sus ojos y escuchó el deslizamiento de su propio cuerpo que hendía la corriente.
Había emergido boca abajo en el agua. En un instante, el mundo pareció girar con lentitud a su alrededor. Vio el puente, el fortín, vio a los centinelas, al capitán, a los dos soldados rasos, sus ejecutores, cuyas siluetas se destacaban contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial blandía su revólver pero no disparaba; los otros estaban sin armas. Sus movimientos parecían grotescos; sus formas, gigantescas.
De pronto oyó una detonación breve y un objeto golpeó vivamente el agua a pocas pulgadas de su cabeza, salpicándole el rostro. Oyó una segunda detonación y vio que uno de los centinelas aún tenía el fusil al hombro: de la boca del caño subía una ligera nube de humo azul. El hombre en el río vio los ojos del hombre en el puente que se detenían en los suyos a través de la mira del fusil. Al observar que los ojos del centinela eran grises, recordó haber leído que los ojos grises eran muy penetrantes, que todos los tiradores famosos tenían ojos de ese color. Sin embargo, aquél no había dado en el blanco.
Un remolino lo hizo girar en sentido contrario; de nuevo tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Una voz clara resonó tras él, en una cadencia monótona, y llegó a través del agua con tanta nitidez que dominó y apagó todo otro ruido, hasta el chapoteo de las olitas en sus orejas. Sin ser soldado, había frecuentado bastante los campamentos para conocer la terrible significación de aquella lenta, arrastrada, aspirada salmodia: en la orilla, el oficial cumplía su labor matinal. Con qué frialdad implacable, con qué tranquila entonación, que presagiaba la calma de los soldados y les imponía la suya, con qué precisión en la medida de los intervalos, cayeron estas palabras crueles:
—¡Atención, compañía!… ¡Armas al hombro!… ¡Listos!… ¡Apuntar!… ¡Fuego!
Farquhar se hundió, se hundió tan profundamente como pudo. El agua gruñó en sus oídos como la voz del Niágara. Escuchó sin embargo el trueno ensordecido de la salva y, mientras subía a la superficie, encontró pedacitos de metal brillante, extrañamente chatos, oscilando hacia abajo con lentitud. Algunos le tocaron el rostro y las manos, después continuaron descendiendo. Uno de ellos se alojó entre su pescuezo y el cuello de la camisa: era de un calor desagradable, y Farquhar lo arrancó vivamente.
Cuando llegó a la superficie, sin aliento, comprobó que había permanecido mucho tiempo bajo el agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos —cerca de la salvación. Los soldados casi habían terminado de cargar nuevamente sus armas; las baquetas de metal centellearon al sol, mientras los hombres las sacaban del caño de sus fusiles y las hacían girar en el aire antes de ponerlas en su lugar. Otra vez tiraron los centinelas, y otra vez erraron el blanco.
El perseguido vio todo esto por arriba del hombro. Ahora nadaba con energía a favor de la corriente. Su cerebro no era menos activo que sus brazos y sus piernas; pensaba con la rapidez del relámpago.
«El teniente —razonaba— no cometerá este error por segunda vez. Es el error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es tan fácil esquivar una salva como un solo tiro? Ahora, sin duda, ha dado orden de tirar como quieran. ¡Dios me proteja, no puedo escaparles a todos!».
A dos yardas hubo el atroz estruendo de una caída de agua seguido de un ruido sonoro, impetuoso, que se alejó diminuendo y pareció propagarse en el aire en dirección al fortín donde murió en una explosión que sacudió las profundidades mismas del río. Se alzó una muralla líquida, se curvó por encima de él, se abatió sobre él, lo encegueció, lo estranguló. ¡El cañón se había unido a las demás armas! Como sacudiera la cabeza para desprenderla del tumulto del agua herida por el obús, oyó que el proyectil desviado de su trayectoria roncaba en el aire delante de él y segundos después hacía pedazos las ramas de los árboles, allí cerca, en el bosque.
«No empezarán de nuevo —pensó —. La próxima vez cargarán con metralla. Debo mantener los ojos fijos en la pieza: el humo me indicará. La detonación llega demasiado tarde; se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón».
De pronto se sintió dar vueltas y vueltas en el mismo punto: giraba como un trompo. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora lejanos, todo se mezclaba y se esfumaba. Los objetos ya no estaban representados sino por sus colores; bandas horizontales de color era todo lo que veía. Atrapado por un remolino, avanzaba con un movimiento circulatorio tan rápido que se sentía enfermo de vértigo y náuseas. Momentos después se encontró arrojado contra la orilla izquierda del río —la orilla austral—, detrás de un montículo que lo ocultaba de sus enemigos. Su inmovilidad súbita, el roce de una de sus manos contra el pedregullo, le devolvieron el uso de sus sentidos y lloró de alegría. Hundió los dedos en la arena y se la echó a puñados sobre el cuerpo bendiciéndola en alta voz. Para él era diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada hermoso que no se le pareciera. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardín; advirtió un orden determinado en su disposición, respiró el perfume de sus flores. Una luz extraña, rosada, brillaba entre los troncos, y el viento producía en su follaje la música armoniosa de un arpa eolia. No deseaba terminar de evadirse; le bastaba quedarse en ese lugar encantador hasta que lo capturaran.
El silbido y el estruendo de la metralla en las ramas por encima de su cabeza lo arrancó de su ensueño. El artillero decepcionado le había enviado al azar una descarga de adiós. Se levantó de un salto, remontó precipitadamente la pendiente de la orilla, se internó en el bosque.
Caminó todo aquel día, guiándose por la marcha del sol. El bosque parecía interminable; por ninguna parte un claro, ni siquiera el sendero de un leñador. Había ignorado que viviera en una región tan salvaje, y había en esta revelación algo sobrenatural.
Continuaba avanzando al caer la noche, con los pies heridos, fatigado, hambriento. Lo sostenía el pensamiento de su mujer y de sus hijos. Terminó por encontrar un camino que lo conducía en la buena dirección. Era tan ancho y recto como una calle urbana, y sin embargo daba la impresión de que nadie hubiese pasado por él. Ningún campo lo bordeaba; por ninguna parte una vivienda. Nada, ni siquiera el aullido de un perro, sugería una habitación humana. Los cuerpos negros de los grandes árboles formaban dos murallas rectilíneas que se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Por encima de él, como alzara los ojos a través de aquella brecha en el bosque, vio brillar grandes estrellas de oro que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Tuvo la certeza de que estaban dispuestas de acuerdo con un orden que ocultaba un maligno significado. De cada lado del bosque le llegaban ruidos singulares entre los cuales, una vez, dos veces, otra vez aún, percibió nítidamente susurros en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello; al tocárselo, lo encontró terriblemente hinchado. Sabía que la cuerda lo había marcado con un círculo negro. Tenía los ojos congestionados; no lograba cerrarlos. Tenía la lengua hinchada por la sed; sacándola entre los dientes y exponiéndola al aire fresco, apaciguó su fiebre. Qué suave tapiz había extendido el césped a lo largo de aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo bajo los pies.
A despecho de sus sufrimientos, sin duda, se ha dormido mientras camina, porque ahora contempla otra escena — tal vez acaba de salir de una crisis delirante—. Se encuentra ante la verja de su casa. Todo está como lo ha dejado, todo resplandece de belleza bajo el sol matinal. Ha debido de caminar la noche entera. Mientras abre las puertas de la verja y asciende por la gran avenida blanca, ve flotar ligeras vestiduras: su mujer, con el rostro fresco y dulce, baja a la galería y le sale al encuentro, deteniéndose al pie de la escalinata con una sonrisa de inefable júbilo, en una actitud de gracia y dignidad inigualables. ¡Ah, cómo es de hermosa! Él se lanza en su dirección, los brazos abiertos. En el instante mismo que va a estrecharla contra su pecho, siente en la nuca un golpe que lo aturde. Una luz blanca y enceguecedora flamea a su alrededor con un ruido semejante al estampido del cañón —y después todo es tinieblas y silencio.
Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba suavemente de uno a otro extremo de las maderas del puente del Búho.


En Cuentos de soldados, Buenos Aires, 
Centro Editor de América Latina, 1971. 
Traducción de José Bianco.

Lecturas obligatorias para la vida

lunes, 4 de enero de 2016

El título de esta entrada llama la atención, pero si son asiduos a la lectura seguro ya lo han visto varias veces por internet ¿Por qué hago una yo entonces? Porque para mí esta lista en especial posee un gran significado.
Hace tan solo un mes terminé mi etapa escolar, y por supuesto que estoy emocionada por comenzar mi vida universitaria, pero no hay que negar que siempre quedará una bruma nostálgica y melancólica; tres cosas serán las que extrañaré: mis amigas, la ligereza de mis preocupaciones y responsabilidades (aunque en ese momento no lo parecieron) y a mi profesora de lenguaje. Con ella tuve una relación especial, me encantaban sus clases y siempre le preguntaba y comentaba cosas al término de la hora (¡NERD!), además había veces en que nos íbamos juntas a casa. A pesar de ser mi profesora, podría decir que la consideraba una amiga, además de una excelente docente, pocas veces he visto tanta entrega y vocación en un profesor. En cada clase se notaba que ama enseñar.
Ella es una de las razones por las cuales postulé al concurso Qué estás leyendo, dentro de los premios se encuentra una dotación de libros para el profesor a cargo del blog ganador ¡Y adivinen quién es mi profesora a cargo! Creo que si se presentara la oportunidad de que yo gane sería muy grato tenerle un regalo como este.

Bueno, basta de charla y vamos al meollo del asunto. Resulta que una de las últimas clases de lenguaje, la profe nos dio una lista de libros que debemos leer, y aquí se las presento: Lecturas para la vida, por mi profesora de lenguaje.

Libros


La vida simplemente
Oscar Castro


TRILSE
César Vallejo


Mio cid campeador
Vicente Huidobro


Poemas y antipoemas
Nicanor Parra


El proceso
Franz Kafka


Cuentos de amor, locura y muerte
Horacio Quiroga


Primavera en Natales
Osvaldo Wegmann


La buena tierra
Pearl S. Buck


Desolación
Gabriela Mistral


Demian
Hermann Hesse


El filo de la navaja
W. Somerset Maugham


El viejo y el mar
Ernest Hemingway


Tengo miedo torero
Pedro Lemebel


Las venas abiertas de América Latina
Eduardo Galeano


Nuestra América
José Martí



Libros por autor


Albert Camus

El extranjero

La peste


Fedor Dostoievski

Crimen y castigo

Humillados y ofendidos


Victor Hugo

Los miserables

Nuestra Señora de Paris


Jorge Luis Borges

El Aleph

Ficciones


José Donoso

Coronación

Casa de campo

El obsceno pájaro de la noche


Baldomero Lillo

Subterra

Subsole

Hermanas Brönte

Jane Eyre

El profesor

Cumbres borrascosas


Juan Rulfo

Pedro Páramo
El llano en llamas


Gabriel García Márquez

Cien años de soledad
Relato de un náufrago


Pablo Neruda

Residencia en la tierra
Veinte poemas de amor y una canción desesperada



Autores


Raymond Chandler

Ramón Díaz Eterovic

León Tolstoi

William Faulkner

Roberto Bolaño

Federico García Lorca

Jorge Tellier

Autores de los que debes leer TODO


Mario Benedetti


Mario Vargas Llosa


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