Carolina Coronado, patrona de los enamorados desdichados

lunes, 29 de septiembre de 2014

Carolina Coronado Romero de Tejada, una poetisa nacida en el año 1820 y muerta en 1911, española y exponente de la poesía del romanticismo, llegando a ser una patrona de los enamorados desdichados.
Sus primeros poemas datan de los 10 años, inspirados por amores imposibles, entre ellos Alberto, una especie de personaje imaginario al que llegó a jurar amor eterno.
Se atribuye también su temperamento romántico a sus ataques de catalepsia, trastorno repentino en el sistema nervioso caracterizado por la pérdida momentánea de la movilidad (voluntaria e involuntaria) y de la sensibilidad del cuerpo, este trastorno hace creer que la persona esta muerta cuando en realidad no lo está, muchos casos han habido de gente que ha sido sepultada viva a causa de esto; por esto mismo Carolina Coronado afirmaba haber muerto numerosas veces, esto provocó en ella una obsesión por la idea de ser enterrada viva, hasta tal punto que embalsama el cadáver de su marido, negándose a enterrarlo e incluso dirigiéndose a él con el apelativo de "el silencioso" y "el hombre de arriba", nombres que se encuentran presentes en bastantes escritos de su mano.

"Patrona de los enamorados desdichados" no encuentro mejor manera de describirla. Trae hacia ti sentimientos tan profundos y confusos, como es la llegada (o ida) del amor, y logra plasmar en palabras lo que uno solo puede expresar a través de las lágrimas.

He aquí unos poemas hermosos de ella:

¡Oh, Cuál te Adoro!
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.

Nada resta de ti.
Nada resta de ti... te hundió el abismo...
te tragaron los monstruos de los mares.
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
es la maldad más grande de la suerte!

Mi poema definitivo y favorito de ella, en mi opinión el más precioso que pudo haber escrito, se llama Amor de los amores, decidí no incluirlo textualmente aquí por su gran extensión. Aún así les prometo que pronto lo publicaré para que puedan leerlo, eso sí, en otra entrada.





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